jueves, 26 de enero de 2012

Fouché como paradigma

Desesperado ante la incertidumbre política y seguramente asqueado al ver cómo la sombra y el pésimo ejemplo de su biografiado Fouché no sólo no había desaparecido sino que se institucionalizaba en todos los frentes, Zweig se suicidó en plena Segunda Guerra Mundial. Opción por la que el subrepticio político francés no se habría inclinado jamás. Aquel "traidor nato, miserable intrigante, puro reptil, tránsfuga profesional, vil alma de corchete, deplorable inmoralista" se habría adaptado sin problemas a cualquier escenario surgido de aquel conflicto, como lo hizo durante toda su vida en la convulsa Francia de finales del siglo XVIII e inicios del XIX.
Se nos presenta ahora la enésima edición de este clásico, con una nueva traducción ágil y moderna, que hace de su relectura todo un placer y una invitación a mantener nuestra tensión como animales políticos que no pueden vivir, aunque la mayor parte de las veces les asquee, sin una relación estrecha y, esperemos, siempre crítica con la política. Tensión que se convierte en pasión, en cualquiera de sus vertientes, no ya por lo que pueda aportar la conocida biografía del que fuera de todo con todos, sino por los valores que Zweig transmite en un libro que supera la mera biografía para convertirse en ensayo político. Haga la prueba el lector y comience a leer, o releer en su caso, este retrato de un hombre político y verá que es difícil, por no decir imposible, no poner cara actual y familiar a cada momento de la vida política de Fouché, o a cada personaje que encarnó durante su extensa carrera.
Ahora bien, esa tentación no debe empañar el propósito de Zweig: demostrar, si bien por vía apofática, la dignidad de la política. La sorprendente biografía de quien fue profesor en un seminario en 1790, saqueador de iglesias apenas dos años después, poco más tarde comunista ante litteram, luego multimillonario gracias a los tejemanejes, chantajes y sobornos en que se vio envuelto durante el Directorio y finalmente Duque de Otranto, es tan paradójica que podría resultar inverosímil. En su imposible defensa podría alegarse que nunca cayó en contradicción alguna ni renegó de sus principios, ya que siempre careció de ellos. Recurriendo al sarcasmo, podría afirmarse que se anticipó también al propio marxismo, no al filosófico sino al fraternal y humorístico: "Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros". Movido por el propio interés y por el gusto del ejercicio del poder, renunció a cualquier tipo de compromiso y basó sus decisiones en la previsión, siempre acertada, sobre cuál sería el bando ganador en cada conflicto. Girondino llanero de primera hora, no tuvo empacho en pasarse en una noche al bando montañés, jacobino. De revolucionario regicida –votó a favor de la muerte de Luis XVI– pasó a valedor y ministro de la monarquía postnapoleónica; de profesor en un seminario a perseguidor del cristianismo, celebrante de misas poco ortodoxas, iconoclasta feroz... y de nuevo fiel devoto cristiano que se casará por la iglesia una segunda vez bajo el padrinazgo real. Todo un ejemplo, como se ve, de coherente evolución personal, intelectual e ideológica.
Pronto descubrió que el dinero huele mejor que la sangre. La sangre que hiciera verter durante su misión de castigo en Lyon –donde fue rebautizado el Ametrallador– dificultaría su carrera, pero jamás nadie pudo acabar con ella. Su agudeza, su oportunismo y su doblez se impusieron a sus crímenes y traiciones. Fue tal la corrupción que generó, y el alcance de sus chantajes, que todos le debían y con nadie se obligaba. Llegó a ser no sólo el hombre mejor informado y por tanto más temido de Francia, también el más rico de toda la nación.
Paradigma, podría concluirse, de lo que a menudo es pero jamás debería ser un hombre político. El esfuerzo de Zweig al presentar la biografía de un antihéroe tiene como recompensa la formulación de una serie de principios que deben caracterizar la verdadera actividad política. La aparente ironía de dedicar tiempo y esfuerzo a conocer la vida del siempre huidizo y detestable Fouché permite desmitificar la Historia, dejar de preocuparse sólo por aquellos que sobresalieron y destacaron para centrarse en quienes, entre bambalinas, en la cocina, les preparaban los platos. En realidad, como el mismo Zweig confiesa, el verdadero peligro en el ámbito político reside no en quien gobierna sino en quien desde un segundo plano controla el poder, en concreto los diplomáticos, raza que el autor austriaco detesta, no sin razón, en grado sumo. Su proverbial oportunismo, así como su instrumento más demoledor, su astuto y generalmente falaz lenguaje, hace de esta casta el punto de mira de Zweig.
Lectura imprescindible, por tanto, para quienes quieran dedicarse a la función pública o al menos entenderla. En ella encontrarán el espejo en que mirarse o al que hacer añicos; la vocación de servir y la de servirse; la dignidad de la política y la desgracia de la diplomacia.
Stefan Zweig, Fouché: retrato de un hombre político, Acantilado, Barcelona, 2011, 288 páginas.

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Publicado en La Ilustración Liberal 49 (2011) 109-111.